Profundas fracturas sociales ponen a las personas y al planeta en riesgo de colisión, según el PNUD – Noticias AMAGI
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Profundas fracturas sociales ponen a las personas y al planeta en riesgo de colisión, según el PNUD

Un nuevo índice experimental nos ofrece una nueva visión del progreso humano que combina el desafío de combatir la pobreza y la desigualdad con la necesidad de aliviar la presión que ejercemos los humanos sobre el planeta.

La pandemia de la COVID-19 constituye la crisis más reciente que ha enfrentado el mundo, pero no será la última a menos que los humanos moderemos las presiones que ejercemos sobre el planeta. Así lo señala el recién publicado informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que incluye un nuevo índice experimental sobre progreso humano en el que se integran las emisiones de dióxido de carbono y la huella material de los países (una medida de la extracción de materias primas en el mundo para cubrir la demanda nacional).

El Informe presenta a los líderes mundiales una cruda realidad: o toman medidas contundentes para reducir la inmensa presión que estamos ejerciendo sobre el medio ambiente y el mundo natural, o el progreso de la humanidad se detendrá.

Nos encontramos en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad y de nuestro planeta. Se han encendido luces de alarma respecto de nuestras sociedades y el mundo. De hecho ya llevaban un tiempo encendidas, como bien sabemos. La pandemia de COVID-19 es la consecuencia más reciente y aterradora de unos desequilibrios generalizados. Los científicos han advertido insistentemente que las interacciones entre los seres humanos, el ganado y la fauna y flora silvestres provocarían cada vez con mayor frecuencia la aparición de patógenos con los que no estamos familiarizados. Dichas interacciones han ido aumentado sin cesar tanto en escala como en intensidad, ejerciendo en última instancia una presión tan elevada sobre los ecosistemas locales que ha dado lugar a la propagación de virus mortales. Es posible que el nuevo coronavirus sea el más reciente, pero a menos que mejoremos nuestra relación con la naturaleza, no será el último.

Pese a que la COVID-19 ha atraído la atención del mundo, las crisis preexistentes continúan. Piénsese en el cambio climático, como los nuevos récords de huracanes, los incendios extraordinarios que calcinaron enormes extensiones del planeta, la pérdida de biodiversidad. Numerosos expertos creen que estamos en medio o al borde de una extinción masiva de especies, la sexta en la historia del planeta y la primera causada por un único organismo: el ser humano. Asimismo, todos estos desequilibrios planetarios traen desequilibrios sociales, generando aún más tensión. La movilidad social disminuye mientras la inestabilidad social aumenta. Se observan signos inquietantes de retroceso democrático y aumento del autoritarismo.

“El poder que ejercemos los humanos sobre el planeta no tiene precedentes. Frente a la COVID- 19, temperaturas que rompen registros históricos, y una desigualdad que se reproduce, ha llegado la hora de utilizar ese poder para redefinir lo que entendemos como progreso, de manera que nuestras huellas de carbono y de consumo dejen de permanecer ocultas”, dice Achim Steiner, Administrador del PNUD.

“Tal y como revela este Informe, ningún país en todo el mundo ha logrado alcanzar un desarrollo humano muy alto sin ejercer una presión desestabilizadora sobre el planeta. Sin embargo, podemos ser la primera generación en corregir el rumbo. Esa es la próxima frontera del desarrollo humano”, añade el Administrador.

El Informe considera que las personas y el planeta estamos entrando en una era geológica completamente nueva, el Antropoceno o era de los seres humanos. En este contexto, los autores afirman, ha llegado la hora de que todos los países, ricos y pobres, rediseñen sus trayectorias de

progreso asumiendo de manera plena, el estrés que estamos ejerciendo sobre la Tierra, y desmantelando los enormes desequilibrios de poder y de oportunidades que impiden el cambio. Nos guste o no, una nueva normalidad está en camino. La COVID-19 es solamente el comienzo. Entre los científicos existe la creencia generalizada de que estamos saliendo del Holoceno, que ha durado aproximadamente 12.000 años y durante el cual nació la civilización humana tal como la conocemos. La comunidad científica sugiere que nos estamos adentrando en una nueva época geológica, el Antropoceno, en la que los seres humanos somos una fuerza dominante que condiciona el futuro del planeta. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con esta nueva época? ¿Aventurarnos en nuevos caminos en los que, frente a un futuro incierto, aspiremos a ampliar las libertades humanas y aliviemos las presiones planetarias? ¿O intentaremos volver a la situación anterior y, en última instancia, fracasar en el intento y lanzarnos, sin rumbo y mal equipados, hacia un porvenir peligroso y desconocido?

Renovando el enfoque de Desarrollo Humano para el Antropoceno

El enfoque basado en el desarrollo humano puede contribuir considerablemente a dar respuesta a nuestra parálisis colectiva ante el alarmante cambio planetario. El desarrollo humano consiste en ampliar las libertades humanas y ofrecer un mayor número de oportunidades para que las personas puedan trazar sus propias vías de desarrollo según sus valores, en lugar de prescribir una trayectoria específica u otra. Con excesiva frecuencia, las elecciones en el terreno del desarrollo suponen enfrentar a la población con la naturaleza, puesto que el medio ambiente se ha infravalorado de manera sistemática y se ha maximizado la importancia del crecimiento económico. El concepto de desarrollo humano surgió hace 30 años, precisamente como contrapunto a las definiciones miopes del desarrollo. El crecimiento económico es importante, sobre todo para los países en desarrollo; es crucial elevar los niveles de ingreso de las personas que viven en la pobreza en cualquier país.

El enfoque centrado en el desarrollo humano nos recuerda que el crecimiento económico es más un medio que un fin en sí mismo. Es importante disponer de más recursos materiales, siempre que se distribuyan de forma justa y respeten los límites del planeta15, puesto que dichos recursos amplían las oportunidades de las personas de una generación a la siguiente.

El desarrollo humano es un viaje sin fin, no un destino. Su centro de gravedad siempre ha sido algo más que la mera satisfacción de las necesidades básicas. El desarrollo humano empodera a las personas para que definan y sigan sus propios caminos a fin de llevar una vida plena y con mayores libertades. Nos desafía a considerar a las personas agentes y no pacientes.

El suelo se mueve bajo nuestros pies en un momento en que nos enfrentamos a los desafíos sin precedentes que plantea el aparente Antropoceno. En esta ocasión, el camino no consiste solamente en aumentar las capacidades de las personas para llevar una vida que valoren, es decir, en ampliar las oportunidades de la gente. Debemos considerar cuidadosamente otras dos dimensiones trascendentales del desarrollo humano: la capacidad de actuar (es decir, de participar en la toma de decisiones y de que cada persona pueda decidir por sí misma) y los valores (esto es, la capacidad de tomar las decisiones que cada cual prefiera), prestando una atención especial a nuestras interacciones con la naturaleza, a nuestra gestión del planeta.

Como si se tratara de una silla con tres patas, las capacidades, la capacidad de actuar y los valores son inseparables de nuestra concepción del desarrollo humano en el contexto del Antropoceno. Para desenvolverse en el Antropoceno, la humanidad puede desarrollar las capacidades, la capacidad de actuación y los valores con arreglo a los que desee vivir mejorando la equidad, fomentando la innovación e inculcando el afán de custodia de la naturaleza. Si estos aspectos adquieren mayor peso en los conjuntos de elecciones cada vez más amplios que crean las personas para sí mismas -si la equidad, la innovación y la gestión se convierten en elementos centrales de lo que significa llevar una buena vida-, el ser humano podrá prosperar y se aliviarán las presiones planetarias.

En el contexto del Antropoceno es crucial abandonar las distinciones radicales entre las personas y el planeta. Los enfoques sobre el sistema terrestre apuntan cada vez más a la interconexión entre ambos como sistemas socioecológicos, un concepto muy pertinente para el Antropoceno.

Para poder aliviar las presiones planetarias es necesario comprender que toda la vida del planeta —la biosfera— sustenta todo aquello que damos por supuesto, como el aire que respiramos. De ahí la importancia crucial de regenerar la biosfera y no agotarla. Esto conlleva asimismo entender cómo utilizan las sociedades la energía y los materiales. ¿Hasta qué punto pueden renovarse indefinidamente las fuentes de energía —como la que proviene del sol— y en qué medida se reciclan los materiales en lugar de convertirse en desechos y contaminación? La acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera y de plástico en los océanos son solo dos de los muchos ejemplos que ilustran los riesgos de depender de los combustibles fósiles y de ciclos abiertos para los materiales. Otro ejemplo es la pérdida de biodiversidad, que a menudo se produce en paralelo a la pérdida de diversidad cultural y lingüística, que provoca el empobrecimiento cultural de las sociedades.

El desarrollo humano basado en la naturaleza ayuda a abordar conjuntamente los tres desafíos centrales del Antropoceno: mitigar el cambio climático y adaptarse a este, proteger la biodiversidad y garantizar el bienestar humano para todas las personas. Consiste en integrar el desarrollo humano —incluidos los sistemas económicos y sociales— en los ecosistemas y la biosfera, sustentándolo en un enfoque sistémico que se apoye en soluciones basadas en la naturaleza y otorgue un lugar central a la capacidad de actuación de las personas.

Índice de Desarrollo Humano ajustado por presiones planetarias (IDHP)

La edición del 30 aniversario del Informe sobre Desarrollo Humano, “La próxima frontera: desarrollo humano y el Antropoceno”, introduce una variante experimental del Índice de Desarrollo Humano (IDH).

Al ajustar el IDH, que mide la salud, la educación y el nivel de vida de los países, para incorporar otros dos elementos — las emisiones de dióxido de carbono y la huella material de los países— el nuevo índice ilustra la transformación que podría darse en el ámbito del desarrollo si tanto el bienestar de las personas como la integridad del planeta fueran considerados de manera conjunta como piedras angulares de la definición de progreso humano.

El Índice de Desarrollo Humano ajustado por presiones planetarias (PHDI, por sus siglas en inglés) saca a la luz un nuevo panorama mundial con una perspectiva menos idílica y más sincera sobre el progreso humano. Por ejemplo, más de 50 países abandonan el grupo de desarrollo humano muy alto, como reflejo de su dependencia de los combustibles fósiles y su huella material.

A pesar de estos ajustes, países como Costa Rica, Moldavia y Panamá suben al menos 30 puestos, mostrando que es posible reducir la presión sobre el planeta.

“Aunque la humanidad ha cosechado logros increíbles, está claro que hemos dado por sentado que el planeta no tiene límites”, dice Jayathma Wickramanayake, Enviada para la Juventud del Secretario General de las Naciones Unidas. “La juventud del mundo ha levantado la voz porque se da cuenta de que esta forma de actuar pone en peligro nuestro futuro colectivo. Como deja claro el Informe sobre Desarrollo Humano 2020, es preciso transformar nuestra relación con el planeta, es decir, hacer sostenible el consumo de energía y de materiales, y garantizar que todas las personas jóvenes reciban educación y sean empoderadas para apreciar las maravillas que puede proporcionar un mundo sano”.

La manera en la que las presiones que se ejercen sobre el planeta impacta y condiciona la vida de las personas está ligada al funcionamiento de las sociedades, según Pedro Conceição, director de la Oficina del Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD. Y en este momento, profundas fracturas sociales están poniendo a las personas y al planeta en riesgo de colisión.

El Informe muestra que las desigualdades entre países y dentro de ellos, con sus profundas raíces en el colonialismo y el racismo, derivan en que las personas que más tienen capturan los beneficios de la naturaleza y exportan los costos. Esto ahoga las oportunidades para las personas que tienen menos y limita drásticamente su capacidad de actuar ante esta situación.

Por ejemplo, la labor de protección de la tierra que ejercen las poblaciones indígenas del Amazonas absorbe, en términos per cápita, el dióxido de carbono equivalente al producido por el 1 por ciento más rico de la población mundial. A pesar de esto, las poblaciones indígenas continúan sufriendo dificultades, persecución, y discriminación en muchas partes del mundo y apenas tienen presencia en la toma de decisiones.

Además, señalan los autores, en muchos casos la discriminación de origen étnico provoca graves consecuencias en las comunidades y las deja expuestas a importantes riesgos ambientales, como la presencia de residuos tóxicos o una contaminación excesiva, una tendencia que se ve reproducida en las zonas urbanas en distintos continentes.

Según el Informe, para aliviar las presiones planetarias de forma que todas las personas puedan prosperar en esta nueva era, es preciso desmantelar los enormes desequilibrios de poder y de oportunidades —que obstaculizan las transformaciones necesarias.

El Informe añade que estas desigualdades podrían abordarse con actuaciones desde el sector público, y ofrece ejemplos que van desde la aplicación de regímenes fiscales más progresivos hasta la protección de las comunidades costeras a través de mecanismos de inversión preventiva y aseguramiento medidas que podrían llegar a proteger a 840 millones de habitantes en las zonascosteras de baja elevación de todo el mundo. Sin embargo, es preciso que los esfuerzos serealicen de manera concertada a fin de garantizar que las medidas que se tomen no contribuyanaún más al enfrentamiento de las personas con el planeta.

“La próxima frontera del desarrollo humano no debe entenderse como un dilema entre personas y el medioambiente, sino que se trata de reconocer que, hoy, el progreso humano sostenido por un crecimiento desigual y basado en el carbono es un ciclo completamente agotado”, dice Pedro Conceição, Director de la Oficina del Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD.

Y añade: “Si abordamos la desigualdad, sacamos el máximo provecho a las innovaciones, y trabajamos con la naturaleza, el desarrollo humano puede dar un paso transformativo que ayude tanto a las personas como al planeta”.

Para obtener más información acerca del Informe sobre Desarrollo Humano 2020 y del análisis del PNUD sobre el nuevo Índice de Desarrollo Humano ajustado por presiones planetarias, por favor vaya a http://hdr.undp.org/en/2020-report

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo es el principal organismo de las Naciones Unidas dedicado a poner fin a la injusticia de la pobreza, la desigualdad y el cambio climático. Por medio de nuestro trabajo con una extensa red de expertos y aliados en 170 países, ayudamos a las naciones a construir soluciones integradas y duraderas para las personas y el planeta. Más información en undp.org. También pueden seguirnos en @UNDP

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